| Apuntes Pastorales | ||||||||||||||||||||||||
| Lidiando con las Uvas Silvestres | ||||||||||||||||||||||||
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Por Lucila de Saucedo (Panamá) Ahora cantaré por mi amado el cantar de mi amado a su viña. Tenía mi amado una viña en una ladera fértil. La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar; y esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestres. En Isaías 5.1-2 encontramos esta interesante parábola que ilustra la condición del pueblo de Israel y la forma en que Dios se relacionaba con él. Si bien es cierto que se refiere específicamente a dicho pueblo, es también aplicable a nosotros como creyentes e incluso a la relación entre padres e hijos en el hogar. No podemos ignorar que nuestra familia es una pequeña viña que Dios ha puesto a nuestro cuidado. Según expresa el Cantar de los Cantares 1.6 es necesario que en medio del mucho trabajo, los compromisos e incluso del ministerio, prestemos atención a cómo estamos cultivando nuestra viña. Cuidar de los hijos, nuestra herencia (Sal 127.3), es una labor de muchísima responsabilidad. Por ello necesitamos la sabiduría, la ciencia, la gracia y la ayuda del Espíritu Santo para saber qué cosas hacer, cómo y cuándo, a fin de que redunden en bendición, y poder alejar aquellas que provocan solamente tragedias. A través de los años he escuchado a muchos padres decir: «He vivido una vida ejemplar, le he dado la mejor educación posible, le inculqué la Palabra de Dios desde muy niño, incluso lo dediqué a Dios en su infancia; no he dejado de orar por él un solo momento; además, he tratado de impedir que pecara ante el Señor; sin embargo hoy mi hijo (o hija) está en malos pasos, ya sea drogadicción, crimen, alcoholismo, prostitución, embarazo precoz o fuera del matrimonio, inmoralidad, etc. ¿Qué más podría haber hecho, si hice todo lo que estuvo a mi alcance?» Esta es la pregunta del millón: ¿Por qué los hijos de los pastores se apartan del Señor? ¿Por qué los hijos de hermanos consagrados andan en malos pasos? ¿Por qué el niño al que se le da el mejor ejemplo posible termina desviándose? No es fácil encontrar respuestas a todas estas preguntas; por ello hemos hecho una encuesta entre personas que ocupan diferentes posiciones, ya sea ministeriales o sociales, con el fin de ver alguna constante en este gran mal que está afectando de manera directa al mundo cristiano. A fin de presentar con mayor claridad los resultados obtenidos hemos clasificado las respuestas en cinco grupos, partiendo de las razones aducidas como causantes de la situación investigada. •Grupo I. Cuando la persona conoce al Señor, no alcanza a comprender el verdadero propósito de Dios, cree que el trato es solamente con ella y se olvida de que él desea bendecir no sólo al adulto, ya se trate de un padre o una madre, sino también a los hijos. Lamentablemente nos aferramos la triste idea de que el niño entiende acerca de Dios, así que no lo dejamos participar en asuntos espirituales. De este modo, a pesar de que el niño crece en la iglesia, igual que los hijos de Elí no conoce a Dios (I SAM 2.12). Se le ha negado la oportunidad de relacionarse con el Dios de sus padres. • Grupo 2. Los ministros del Señor se dedican tanto a agradar a la congregación o a aquellos que la presiden y, además, tienen unas agendas tan saturadas que no les queda tiempo para atender a su familia. Prácticamente han aceptado el hecho de que esta es la vida «normal» de un ministro. En consecuencia, el niño, adolescente o joven siente que el ministerio es su enemigo y, juntamente con ello, todo lo que «suena a Dios». Entonces, al tener cierta capacidad de decisión elige apartarse de la iglesia y de sus creencias. • Grupo 3 El factor fundamental es que los padres presenten el evangelio como algo muy estricto, que exige tanto sacrificio, y tiene tan gran número de exigencias que el muchacho considera que demasiado difícil de vivir. En consecuencia, se ve a sí mismo impotente para agradar a Dios en un mundo tan atractivo y concluye lo siguiente: «Esto es solamente para mi papá y mi mamá pues ellos ya han vivido su vida; es para las personas mayores, no para un joven como yo.» • Grupo 4. La responsabilidad recae sobre la iglesia, ya que esta no presenta a los jóvenes ninguna alternativa para que conozcan que en Cristo también existe diversión y erradiquen el concepto de que es aburrida. Este grupo expresa que son muy pocas las iglesias que tienen aspectos atractivos para la juventud. La mayoría desea colocar a este grupo dentro del marco del adulto que ya hace tiempo disfrutó, dicho sea de paso, su vida en el mundo, y pretende obligarlos a comportarse como él. En consecuencia, carentes de otra motivación, los jóvenes prefieren seguir la corriente de este mundo. • Grupo 5. Todos hemos sido creados con libre albedrío y, por ende, tenemos la facultad dada por Dios de elegir lo que deseamos ser o hacer. Por más que el padre o la madre se esmeren en darle un buen ejemplo, una buena educación o llevarlo a una experiencia personal con Dios, finalmente es el hijo quien decide si quiere seguir en el camino angosto que lleva a la vida eterna o escoger el camino ancho y espacioso que conduce a la perdición. Creo que cada uno de los puntos de vista mencionados tiene cierto grado de veracidad y es digno de ser atendido, especialmente por quienes también en algún momento hemos vivido o escuchado algunas de las experiencias mencionadas. Es cierto que no podemos descartar el hecho de que la iglesia del Señor debe presentar programas cristianos que motiven a los jóvenes a servir a Dios y, sobre todo, a conocerle de manera personal, pero la primera responsabilidad recae siempre sobre los padres: Dios nos ha entregado nuestros hijos como herencia bendita y él espera recibir una respuesta satisfactoria cuando nos llame a su presencia a rendirle cuentas. Sin embargo, cada uno de nuestros hijos tiene libertad de elección; en consecuencia, no importa cuánto el padre o la madre se sacrifiquen por darles lo mejor, son ellos los que tomarán la decisión de seguir o no al Señor. Muchas veces hay personas que juzgan cruelmente a los padres de aquellos muchachos que se desvían del camino y hacen que se sientan atormentados e incluso culpables del comportamiento de sus hijos, pero la Palabra de Dios nos enseña acerca del deber de cada una de las partes. En el libro del profeta Jeremías 31.29-30 se nos dice que: «En aquellos días no dirán más: Los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tienen la dentera, sino que cada cual morirá por su propia maldad; los dientes de todo hombre que comiere las uvas agrias, tendrán la dentera.» Es preciso - que los padres asumamos la responsabilidad de hacer lo que Dios nos ha mandado. No obstante, mientras cumplimos nuestra tarea, sabemos que sólo nos resta orar y pedirle al Señor que nuestros hijos tomen la mejor decisión: seguir a Jesucristo. Ciertamente nuestro deber como padres jamás termina, pero una parte de la labor nos corresponde a nosotros como tales, y la otra entra en el terreno de lo imposible o sobrenatural: esa es la parte de Dios, quien es el único que puede convencer a nuestros hijos de pecado y poner en ellos el deseo de amarle y servirle día tras día. Finalmente quiero recomendar a todo padre lo siguiente: 1. Sea un ejemplo de vida cristiana para sus hijos, a fin de que estos puedan basar su comportamiento en lo que han visto y oído de usted como padre, y no tengan que reprocharle ninguna conducta incorrecta. Esto no quiere decir que deba ser perfecto o perfecta, pero esfuércese en agradar a Dios en todo tiempo. 2. Presente a sus hijos de continuo delante de Dios y tome tiempo para enseñarles su Palabra, al punto de que se sientan confrontados con la decisión de vivir para él en medio de un mundo que se pierde. 3. Corrija lo malo sin reparos y evite caer en el error de Eli (I Sam 3.13), quien no impidió a sus hijos ofender al Señor. Recuerde que como padre su deber es corregir y disciplinar, pero en el amor de Dios. 4. Dé a sus hijos la oportunidad de conocer a Dios, así como los hijos de la viuda vieron de cerca el milagro de la provisión divina (2Re 4.1-7). No haga las cosas demasiado fáciles para ellos, enséñeles a clamar por los deseos de sus corazones para que puedan presenciar los milagros de Dios; esto aumentará su fe. 5. Sea el mejor modelo de Cristo para sus hijos. Piense que usted es el retrato más cercano que tendrán del Señor. «Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo» (I Co 11.1). Es preciso que los padres asumamos la respon-sabilidad de hacer lo que Dios nos ha mandado Apunte Mujer Lider volumen III Número 2
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